15.10.04

Historias de Ciudad: Sonidos Urbanos


Los viernes ir a la escuela ya es parte del protocolo que abre paso a la juerga. No puede ser más que eso, dado que Angena ya sólo va a una clase (de matemáticas been there, done that™) que disfraza sus ganas de platicar con él. Así fue como, hoy, viernes, ha trascurrido con natural orden.

Sale el sól, se secó la lluvia. WitzY, WitzY araña otra vez subió. Un fuerte viento dirigió la vela de la embarcación a un nuevo, y desconocido, destino. La casa de un Kichi. Un lugar MUY MUY cercano al paraiso. Llegué a ese paraje bajo la influencia que sólo los hot cakes pueden surtir efecto en un ánima joven, Angena resguardó energías mientrás se entretenía en ritos banales. Para fortunio divino, estubo presente en el momento de su preparación (la de los hot cakes absolutamente). La receta secreta le arrancó muchas más carcajadas de las planeadas, creo que por eso los panecillos tardaron tanto en cocinarse. Un litro y medio de moloko produjo un des.orden público irreparable, si se piensa dos veces lo que falto fue la ración de vodka en nuestro desayuno. Pasado este momento tan ameno (ocupo este espacio para agradecer la calidez recibida por la Familia Kichi), IK (en tzeltal viento) de nuevo le indica que es hora de partir en búsqueda de nuevos horizontes (ja! Angena Colón en busca de su América).

Pasaron muchas horas antes de que pudiese recobrar la conciencia. Vestigios de euforia aromatizaron el paisaje, las pasiones siempre son buenas compañeras de viajes. A últimos días, al menos ella, dedica unas horas en probar la miel e hiel de la euforia. Si se toma en dosis extremas deja un sabor amargo, si se toma poco le deja a uno la sensación de ansiedad incontrolable. Esa sensación que se aparece cuando uno es un adicto, ya sea al sexo o a las drogas (que para el caso debe ser un pleonasmo). La euforia seguro ha de ser una droga, casi tan deliciosa como lo es la depresión. La diferencia: la duración del letargo. Esta vez, por la duración, este último ataque de paranoia y euforia la ha dejado aletargada por muchas horas. Tan pronto despierta reconoce la zona. Paradero de autobuses.

Subir escaleras, bajar aspiraciones, deshacer sueños y contemplar atardeceres son las cosas que uno puede hacer en esta atávica ciudad. Como ya saben, cada viaje me regala una historia que contarles. Al tiempo, que me hace consciente de lo que se dice de ella, la bautizada (por segunda ocasión) Ciudad de la Esperanza. Esta vez, esperaba a la Familia Kichi. Mala idea leer cerca de un sitio de taxis, pero idea es hacerlo frente a una hilera de personas que esperan (ansiosamene) abordar un micro. ¿A qué suena la ciudad? a puro pitazo, dicho pues: a claxon!. Y eso, entraña el sonido de la histeria. Violencia si traes una pistola o un bat en mano. Muchos autos y mal acomodados dan como mezcla un caos vial. Si a esto útlimo le añadimos el factor, microbuses en segunda fila en una avenida de 4 carriles, en definitiva no tengo porque describir el nivel de estress que se conjunta. Ya sea por transeuntes siucidas o microbuseros asesinos o mamás Windstar™ que asumen que el mundo les viene chico (utilizando dos carriles) y no pueden revasar al tatsi ecologista. Así es como, sentada muy comodamente, me dispuse a leer sobre lo mexicano. Degoyando textos que colgaban de las páginas amarillas de una revista literaria cuya cuna esta en 'La Itan'. Mientrás yo disfrutaba una corta obra de teatro, la ciudad entera mascullaba. No recuerdó porque me distraje, una epifanía. Acto seguido, recobrar la conciencia.

En mi ya acostumbrada caminata citadita, encontre la suite de mr. clochard. Una hammock (avalak'il) en plena vía pública. Junto a una taquería. Protegido de la lluvia, por la fabulosa bondad de una escalera.



¿Quién se niega, así, a vagabundear?


Witzy, Witzy araña tejió su telaraña,
vino la lluvia y se la llevó;
salió el sol, se secó la lluvia,
y witzy witzy araña otra vez subió


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