La condición sine qua non para que
tu evolución se produzca
es que carezcas de temor...
Alejandro Jodorowsky
Lunes por la mañana, su antojo por un jugo de naranja aumentan con su despertar. Su sabor ácido y dulce sincretiza su existencia. Los restos del sueño en su memoria se difuminan con la realidad. Confunde su cuerpo con el tuvo en su sueño y se tropieza al salir de la cama. No hay tiempo de coordinar ritmos, apenas de parpadear. Él no tiene prisa pero algo le apura. Posiblemente sean las luces fugaces que iluminan aún su pupila -esas mismas que le desorbitan el sentido de temporalidad- las que le obliguen andar sin conciencia. Con torpes movimientos abandona la casa. Coge un pan y sale a la ciudad.
Una ráfaga de viento le recuerda que es tiempo de volar. Su atracción con él se explica por pensarlo, desde niño, como digno representante de algo que aún no comprendía en esos años: la libertad. Él no es físico ni geólogo, ni sabe de corrientes o energías eólicas; él escribe con las manos y piensa con las letras, él siente la fuerza eólica con sus párpados. Antes no podía abrirlos si era golpeado por una fuerte corriente en la cara, ahora siente y ve al viento directamente a sus ojos, sus lentes de pasta dura facilitan el proceso. Ha conquistado un espacio, ahora ve a la libertad a la cara sin cerrarle los ojos.
Siguiendo la tercera Ley de Newton, si el viento sopla la mente se despeja. La libertad no es algo que se maneje con las manos o con el cuerpo, la libertad comienza en la mente. Su principal contrincante es el miedo, él es el único que paraliza la existencia. Sabiendo esto último, necesario se hace el reconocimiento de lo escatológico, lo provienente de ultratumba: lo que te detiene. Miedo e instinto se confunden, ambos te detienen. La diferencia está en su naturaleza, mientrás el miedo no te permite avanzar, el instinto salva tu vida.
Minutos de sabia reflexión, cruza la cuadra y entra al edificio de cristales en las paredes. La editorial le abrió las puertas hace ya cinco años. Su destino está en el tercer piso, la publicación de su tercer libro le sirve de motor inmóvil. De jovén no pretendía escribir un libro o escribir -como oficio y profesión-, en realidad en su corazón siempre estubo encerrado un fotógrafo marino. Muerte de un tiro a dos avezuchas, el miedo al mar y la fascinación de la vida acuática. De esto ya no se acuerda, la cotidianidad del tránsito por las escaleras eléctricas le impide ejercitar las rodillas y el corazón. Hoy recibirá el primer ejemplar de su historia.
Un fallo en el miocardio detiene por completo su existencia. Se desvaneció ante la puerta de publicaciones. Su libro, "La vida detrás de una pecera", encierra su historia: la ridiculez del absurdo. El mar encapsulado en un cuadrado de cincuenta y tres centímetros cúbicos contrastado con el terror que produce tan pequeño espacio...
¿me ves a los ojos?
Suena a libertad.mp3.
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