Detrás de todos los mensajes hubo una imperiosa necesidad, necedad como le llamaron luego, de hacerle saber al otro lo que significaba para el primero...
Inevitable nece(si)dad de hacerles saber que uno quiere, ama, adora, odia, detesta, vaya, que uno siente y que eso se acentua con la presencia del otro, por la simple sapiencia de la existencia de aquel, el otro personaje... y cuando no, cuando las notas son de indiferencia, no es que no se sienta, sólo las moléculas no alteran su orden, nadie nota su presencia, no existen.
Nos gastamos las palabras en un ejercicio de existencia, son ellas las que nos adornan, las que nos recuerdan, las que nos inventan, y contrario a lo que la lógica deduce de esto, no, pronunciarlas no nos inventa; son, como alguna vez lo dije, las que se nos pegan, las que se quedan, las que nos pertenencen, por tiempos y espacios tan breves, pausas breves, tiempos breves, las que nos obligan a entender esto: somos breves.
Hipotesis uno: la brevedad, mínimamente aprehendida en el inconsciente, es la causante, provocadora, insitadora de la locura, nece(si)dad, de comunicarnos ¿Con qué objeto? sabernos, reconocer nuestra existencia; primero, a través del otro, en general, contando y uniendo las palabras que se nos pegan, despidiendo a las que se fueron, esperando a las que estan por venir; proceso realizado en un lapso de tiempo no mayor al paseo de un elefante por la selva, ¿eso existe cierto?
Será que entonces...
¿existimos?
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