Habiéndose enfrentado a las más terribles decapitaciones, no había ya mucho más que esperar o por lo que sorprenderse. Hasta lo que hoy le sucedió mientras viajaba, la única sensación de esta extrañeza había sido producto (en menor intensidad) de una noche electrónica en el zócalo de su ciudad.
Asi pues, distraida en su luz no fijo la vista de minuciosa manera en los pasajeros que le acompañaban esa mañana. No hasta que un olor a pintura fresca le regreso a la realidad. En la esquina a los pies de un robusto sujeto estaba sentado un diminuto ser con la juventud entre mejillas. Flaco y maltratado por el andar jugaba con un pañuelo entre los dedos para evitar que le tomara por sorpresa alguna de las maquiavélicas pulsiones humanas (sed, hambre o sexo). Él, a diferencia de ella, había registrado todo ser a su alrededor con la finalidad de que aquel paraje (por efímero que era) fuese un lugar seguro. Lo que estaba a punto de cometer, así lo ameritaba.
Contacto ocular hizo ella con él y a modo de extrañeza ella desvió sus ojos de silencio hacia el exterior de la unidad transportadora. Un poco perturbada regresó y observó. Él por su parte, mezclaba texturas y olores. Ingredientes: pañuelo desechable no tóxico y una botellita de thinner. Resultado: intoxicación por inhalación de estupefacientes.
Minutos de continuas miradas entre el vecino de al lado y ella. ¿Qué hacer en caso de incendio?. Una vez más se lo preguntaba sin obtener respuesta alguna. Unas cuadras más adelante bajaría de ese pequeño lugar. No sin antes reir ante la indiferencia del resto de los pasajeros y de la extraña comunicación entre ella y su vecino. La indiferencia una vez más materializada en omisión. Nadie (aparentemente) se dio cuenta de lo que crudamente se cocinaba aquel muchacho de ligero semblante. No hubo mucho tiempo para hilar ideas, ya había abandonado a su suerte al flaco y a su vecino.
El olor a pintura fresca no es fácil de mimetizar.
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