“Un paso a la vez cada vez” era su filosofía de viaje; frase acuñada en una vieja tarde de cálido invierno. Ella no era más que una niña, su padre (un químico atrapado por la ideología marxista) cada día se empeñaba en enseñarle las bondades de la sociedad en la que vivía. A través de charlas de sobre mesa, que regularmente versaban sobre asuntos de índole social, ella fue construyéndose una idea de la vida, una idea del mundo. Con el rigor de un científico, su padre, le fue mostrada la capacidad de análisis que ella podría desarrollar. Temprano fue todo esto, temprano también fue el momento en el que ella decidió su última, actualmente, ruta de viaje. A los doce años, inspirada en parte por sus tíos, Angena, en pleno ímpetu de comerse al mundo a bocanadas, decidió que el camino a seguir sería por el lado de las ciencias sociales, en lo particular escogió que sus pisadas irían en dirección hacia la economía. Así pasaron, aproximadamente, siete años. De ese día a hoy han pasado ya muchos años, Antes de continuar con nuestro relato, quizá con ánimos de que el lector logre descifrar la razón por la cual ella terminó desde donde hoy escribe, será interesante esbozar con tiza de carbón su historia…
El plazo de tiempo se había cumplido, era tiempo ya de continuar con sus estudios profesionales (o de profesionalización), y durante ese periodo (desde sus doce años hasta sus dieciocho) ella fue atacada por múltiples cuestionamientos. El último y más relevante, dada la naturaleza del cuestionamiento y su consecuencia, se llevo acabo por el químico del que ya hemos hablado. Recuerdo que inicialmente el motivo que la movía a seguir hacía la economía era mayoritariamente materialista, fácilmente abandonado. Tiempo después, sin apartarse de las ciencias sociales, fue seducida por las ideas versadas en materia de Derecho Penal, sería entonces una criminóloga. Se sabía con posibilidades, así que sin dudarlo comenzó a practicar el fino arte de la discusión. Tardes enteras se ejercitaba con ayuda de su padre y su madre, no cabe duda que era una chica con convicciones. Cursó la secundaria y parte de la preparatoria antes de que cambiara de ideas, el siguiente paradero sería la Sociología.
Freno de mano activado, abruptamente el tablero de ajedrez en el que jugaba con su vida, y esbozaba su camino, fue aventado al suelo. Las piezas estaban fuera de su lugar, las jugadas ya no serían las mismas; su principal error fue no llevar una bitácora de viaje. Varios días fue los que invirtió en reconstruir el juego, sin éxito alguno enfrentó la derrota; siempre con una sonrisa en mano y una risa en boca. ¿Quién fue el que tiró el tablero?...A manos de una implacable pregunta, el juego quedó deshecho. ¿Qué sería de una mujer estudiando derecho?, ¿sería capaz de renunciar a sus ‘ideales’ y convicciones en este mundo corrupto y sin salida?. Respiró hondamente, saco el aire. No tenía respuesta alguna. Subsecuentemente se derrotó, pagó un alto costo por haber caído; el precio estuvo materializado en años de camino errante, en tiempo derrochado en recordar cuales eran los motivos que aún la mantenían de pie...
[Continuará...]
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